Eran el centro de sus meditaciones y objeto de sus apuntes espirituales: la Merced, Nuestra Señora de los Ángeles, del Amor Hermoso, fiesta que concluía entonces el mes de mayo. La novena y fiesta de la Inmaculada le llenaba de hondos sentimientos de gratitud: el día de la Asunción se halla colmada “de gran consolación”. Piensa en el Corazón de María y desea introducirse en él para ser verdadera hija suya. La Virgen de Nazaret le inspira ardientes deseos de humildad, de trabajo solícito, de oración y trato amoroso con Jesús.
Pero lo que más atrae a esta mujer inválida, crucificada con tantos dolores y durante tantos años, es la Virgen de los Dolores, la Soledad de María. En un Viernes de Dolores escribe: “¿Qué será del hombre que no padece viendo padecer a María? El Viernes Santo se expresa así: ¡Qué inmolación la de esta Madre, la más afligida de todas las Madres! ¡Cómo sufre! Entender sus dolores es incomprensible a la naturaleza humana”. Y el Sábado Santo: “Acompaño a María transida de pena y dolor. Procuro consolarla, ofreciéndome por su esclava, pues es mi Señora. Mis penas las ofrezco para amarla cada vez más”.
No es de extrañar, por tanto, que toda la Obra de Santa Genoveva, dedicada a combatir soledades, brote de María en el misterio de su dolor. Y que esta Virgen, traspasada por la angustia (tal como aparece en el Oratorios de la Casa Generalicia de Zaragoza: “la primera Señora residente”) sienta su seno estallante de fecundidad al contacto con Cristo muerto, y lo comunique a Genoveva para convertirla en apóstol de abandonos y en ángel de soledades.