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| Juan Pablo II, en la Encíclica Redemptoris
Mater, insiste en que la devoción mariana de un discípulo
de Cristo se manifiesta, especialmente, en la entrega filial a la
Madre de Dios, iniciada con el testamento de Jesús en le
Gólgota. Entregándonos a María, el cristiano,
como el apóstol Juan acoge entre sus cosas propias
a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida
interior: La acogió en su casa |
| Resulta delicioso espigar en los escritos íntimos
de Santa Genoveva para componer un verdadero florilegio de pensamientos
filiales sobre la Virgen. María es para ella Madre compasiva
que le ayuda a superar todos los obstáculos, auxiliadora
en las penas y tribulaciones; defensa y remedio para todas las tentaciones.
Rarísima es la meditación, en sus diarios de Ejercicios,
en que no recurra con filial confianza a María. |
| Cierto día estaba en alta contemplación
la Santa era un alma verdaderamente mística- y oyó
que le decían: dame tus pecados. Inmediatamente
recurrió a la virgen: la busqué como a Madre
de Misericordia y me sentí asida a sus brazos, notando que
Ella usaba conmigo de su protección y misericordia, sintiendo
gran suavidad y dulzura
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| María es también para Santa Genoveva,
sostén en las caídas, seguridad en la vocación,
socorro en la hora de la muerte. Y con alma sencilla rebosante de
poesía popular, le dice hermosa y bellísima,
de gran suavidad y ternura, compasiva y bondadosa, flor que perfuma
todo el mundo
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| Los frutos de la devoción mariana son,
según los escritos de la Santa, la fuerza para vencerse,
el sufrimiento y la fortaleza apostólica, la paciencia y
la humildad, la caridad, la pureza y la obediencia. En general,
lo que se obtienen en esta devoción es la santificación
propia. Acordándose de sus años infantiles de Almenara,
escribe que María, con Jesús en sus brazos, atrae
a los niños hacia Él. Dejémonos conducir
por Ella, para que nos comunique el amor sincero a su Hijo. |
| No inventó Genoveva a la
Virgen. La aceptó en su casa, tal como Jesús
la entregó, como Madre. Cuidaba de Ella, le reservaba el
sitio preferente en su corazón, adivinaba sus menores gustos
para satisfacerlos, se sentaba junto a María sin decir palabra,
explicándole con la mirada profunda de sus ojos las necesidades
de su Obra y la pobreza de medios con que contaba. Cuidaba Genoveva
a María en su casa: desde reconstruir la ermita
del Buen Suceso, en Almenara, hasta dar cabida a los pensamientos
que la Señora le inspiraba en la adoración eucarística.
Porque El y Ella son inseparables: recibir a Cristo es recibir al
Hijo de María Santísima, como tan hermosamente lo
ha escrito el Papa Juan Pablo II en su Carta Encíclica Ecclesia
de Eucharistía. Y si del Corazón de Cristo
brotó la Obra de las Angélicas, no estuvo nunca
lejana de este manantial la suavísima protección de
María, la Madre del cielo. |
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