El año 1904 se celebraron las Bodas de Oro de la proclamación del dogma de la Inmaculada. Todo el mundo cristiano vibró de entusiasmo en aquel Año Jubilar. Genoveva Torres se encontraba en Valencia; tomó parte en una célebre procesión en que fueron muertos dos congregantes de la Virgen. Se produjeron algaradas y desórdenes públicos. España, una vez más, vivía envuelta en disturbios anticlericales. Consta que las compañeras de Genoveva escaparon asustadas abandonando las filas del cortejo. Quedó sola Genoveva, manteniéndose firme en su puesto, decidida –como dijo después- “a derramar sus sangre por la Inmaculada”. No se olvide que le faltaba una pierna, que iba con muletas. ¡Mártir por la Virgen! Era su deseo.
Un eco de aquel episodio lo condensó en esta cancioncilla deliciosa, sencilla, rebosante de amor:
Amarte, oh María,
amarte es gozar,
amarte, Señora,
amarte es triunfar.
Quisiera, oh María,
amarte mejor
y en todo instante
morir de amor.
Sus hijas, las Angélicas, y las señoras de las Residencias, con los devotos cantan coplas todavía con gran ilusión.