Modelos e intercesores

     El culto de los santos tiene en la Iglesia un fundamento claro: en ellos contemplamos la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, encontrando nuevos motivos que nos impulsan a aprender el camino más seguro para llegar a la santidad, a la que todos estamos llamados desde el Bautismo, según el estado y condición de cada uno.

     Los santos son, por consiguiente, modelos: no se trata de que yo busque sólo un santo que haya vivido en las mismas condiciones que yo, aunque siempre será bueno tenerlo y encontrarlo. De lo que se trata es de aprender en todos los santos las virtudes claves del Evangelio, para que, viendo cómo las vivieron ellos en su propio estilo, sepa yo aplicarlas al mío.

     Además, con el culto a los santos se refuerza la unión mística de toda la Iglesia en la caridad fraterna: los del cielo y los de la tierra, miembros del Cuerpo Místico de Cristo, nos unimos en la misma oración en Cristo, de quien dimana nuestra eficacia.

     Por fin, los santos son intercesores: presentamos sus méritos, valiosos por estar unidos a los de Cristo, y nos introducen al trono de la gracia para obtener cuanto necesitamos y nos conviene.

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Cómo se hace un santo
       Un santo se hace a golpe de vida. La santidad no consiste en una declaración del Papa. Es la caridad elevada al grado posible, vivida en las circunstancias concretas en que Dios nos pone, venciendo el propio yo, para poder entregarnos a los demás.

     No hay más santidad cristiana que ésta.

     Y si la Iglesia declara «santos» a algunos cristianos, con su autoridad inefable, lo hace para ir marcando su historia, en todos los siglos y en todas las geografías, con muestras logradas de esa santidad.

     Ni la Iglesia define que sean los únicos ni siquiera nos dice que son los mejores: eso sí, nos asegura que ellos lograron la santidad. La Iglesia sabe que la santidad se puede dar, y se da, en todos los tiempos y en todos los estados de la vida. La muestra con santo orgullo el ejército innumerable de todos los Santos como la joya más preciada obtenida por la Redención de Jesucristo.

     El primer y principal oficio de la Iglesia es ayudar a sus hijos para que sean santos.