Milagros por su esencia, por su sujeto y por el modo

Conviene tener ideas claras. El milagro es un hecho extraordinario dentro de nuestro mundo experimental. Un hecho que no puede explicarse por las causas naturales, sino que se debe a la acción inmediata de Dios. El milagro consiste en la acción de Dios en la naturaleza, pero que se realiza fuera de las leyes de la misma naturaleza.

Se trata de un hecho sensible dentro del mundo asequible a nuestra experiencia; de un hecho extraordinario, es decir, que no sigue el curso ordinario de las leyes naturales; de un hecho cuyo autor es el mismo Dios, en el cual se percibe la constante y amorosa providencia divina.

Por su relación con las leyes naturales, los milagros se dividen en: milagros por su esencia, los cuales consisten en hechos que no se dan en la naturaleza, por ejemplo, la bilocación o estancia simultánea en lugares diversos; milagros por su sujeto, es decir, hechos en sí naturales, pero que no tienen una explicación natural en el sujeto en que se realiza, por ejemplo, la vida en un cuerpo ya muerto; milagros por el modo de su realización, consistentes en hechos que pueden ser producidos por la naturaleza pero que por el modo de su realización no pueden proceder de causas naturales, por ejemplo, la curación repentina de enfermedades orgánicas.

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Sentido y fin de los milagros
 

Los milagros ¿tienen algún sentido y finalidad que justifiquen su realización? Dios puede hacerlos; pero ¿tiene motivos para hacerlos? ¿por qué los hace?.

No, ciertamente, por lujo o golpe de efecto, por afán de espectáculo teatral, ni por gestos de poder o lucimiento, ni mucho menos por chantaje para la inteligencia humana, ante el cual el hombre se vea forzado a capitular y creer. El sentido y el fin últimos de los milagros está en atestiguar y anunciar lo sobrenatural. Son signos de Dios. Como decía Santo Tomás de Aquino «el sello del rey», que marca con el signo de su omnipotencia el mensaje soberano que el rollo, protegido por el sello, contiene. Lo importante de todo sello real es el de ser roto para leer el mensaje que el diploma contiene.
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El milagro en las causas de Canonización
  Para declarar auténticamente la santidad de vida de un siervo de Dios no son suficientes las pruebas humanas, sino que han de concurrir también otros motivos de certidumbre exclusivos de estas Causas: en primer lugar, que el candidato a los altares goce entre los fieles cristianos de una sólida fama de santidad, es decir, la voz del pueblo cristiano que le atribuye fama de virtudes en grado heroico; después la voz de las pruebas humanas, recogidas por la jerarquía de la Iglesia; y, finalmente, la voz de Dios que declara, mediante un milagro, su deseo de que el siervo de Dios sea proclamado beato o santo.

Así, de esta manera, resuena como un coro de voces a favor de la proclamación de la santidad. La voz del pueblo de Dios, que no es un elemento meramente sociológico sino que tiene sustancia teológica: no se trata de sondear un fenómeno de opinión pública, sino de captar una expresión del «sentido de la fe» (sensus fidei) del pueblo de Dios. Fama espontánea, no provocada artificiosamente, vigente entre personas honradas y serias, continua en el tiempo, creciente de día en día y extendida en una gran parte de los fieles.

Y la voz de la pruebas testificales y documentales, abundante en hechos que indican un heroísmo continuado en la correspondencia a la gracia, sin algo que desdiga de la santidad que se atribuye a aquel siervo de Dios. Pruebas que nunca llegarán a desvelar enteramente las disposiciones interiores, aunque sí serán su reflejo.

Y, finalmente, la voz de Dios, manifestada en un milagro, es decir, de un hecho por encima de las fuerzas de la naturaleza (en cuanto a la sustancia, en cuanto al sujeto y en cuanto al modo, como arriba indicábamos); prodigio que haya sido realizado por Dios a través de la intercesión de un siervo suyo concreto, a quien se ha invocado expresamente.