Hay algunos cristianos que mueren con fama de santidad

    
    
Algunos cristianos mueren con fama de santidad. Bien pronto comienza a notarse en su entorno. Normalmente el pueblo tiene buen olfato y descubre a los santos.

     Es el Obispo diocesano el que debe decidir si se comienza a estudiar la santidad de ese cristiano. Y, con las consultas de rigor, manda comenzar un proceso. Desde ese momento el «presunto»santo es conocido con el nombre de «siervo de Dios».

     El proceso que hace el Obispo es profundo: se estudian una por una todas las virtudes cristianas, propias del estado en que vivió el candidato a santo. Se llama a todos los testigos que puedan aportar algo, a favor o en contra de la santidad. Se piden todos los documentos de valor y todos los escritos del siervo de Dios. Un tribunal va juzgando poco a poco las declaraciones y testimonios.

     Cuando el estudio diocesano se ha terminado, el Obispo, con el voto personal, lo envía todo a Roma.

     En Roma hilan fino. Y hacen bien. Es conocida la anécdota que se cuenta del que comentaba lo fáciles que eran en Roma para hacer un santo: un monseñor de la oficina correspondiente le dejó uno de los procesos. El que tanto dudaba se leyó todo el “mamotreto”. Y volvió diciendo: es que me ha dado usted uno en el que no cabe duda... Pues bien, respondió el monseñor, ése ha sido rechazado.

     En Roma hilan pero muy fino. Es muy difícil «colarse».

     Cuando en Roma tienen preparado todo, se lo pasan a un grupo de teólogos, a un grupo de historiadores. Mucha gente para dar su opinión. Luego pasa a la Congregación de Cardenales. Y, por fin, al Papa.

     Todo este primer estudio termina sólo en una declaración de virtudes heroicas: el decreto se lee ante el Papa, y desde ese momento el candidato se llama «venerable». Pero todavía no está autorizado el culto.
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La Iglesia espera un milagro
 


     Para seguir adelante, el venerable tiene que conseguir un milagro. ¿Conseguir? Sí, porque los milagros sólo los hace Dios. Pero los que van a ser declarados santos interceden, solicitan, recomiendan, «tienen influencia» ante Dios. Y, si Dios lo quiere, obra un milagro a ruegos de aquel futuro santo.

     Dicen algunos: pero ¿es posible que a principios del siglo XXI la Iglesia siga exigiendo milagros? Pues sí los exige: para admitir el culto de un cristiano, la Iglesia pide un primer milagro.

     Ni que decir tiene que el milagro se estudia con el mismo proceso que hemos dicho: primero en la Diócesis donde se dice que tuvo lugar, con testigos, documentos, juramentos... Luego en Roma: con teólogos, técnicos, médicos... Luego los Cardenales. Y luego el Papa. Y así se llega a la beatificación . Pero después para ser canonizado, aún se requiere otro milagro más. Entonces el Papa incluye a ese cristiano en el libro donde está la relación de todos los santos de la Iglesia, que se llama Martirologio.