Qué encanto de mujer; aún sentada, abrazada a sus muletas.

     Cuánto tenemos que aprender de ella para cuando lleguen momentos en que no podamos valernos por nosotros mismos. No nos consideremos desgraciados, si necesitamos ayudas y muletas de cualquier clase.

     Sepamos asumir animosamente y gozosamente la condición de muleta, cuando alguien nos necesite.

     Para cuántos y cuántos hizo de providencial muleta la Madre Genoveva, que siempre necesitó ella misma
de muletas. Como ella, que también nosotros podamos decir:

     «Me di en salud y en dolor a todos y, de tal suerte, que me ha encontrado la muerte sin nada más que el amor.» 

[Mons. Damián Iguacen Borau]