SE HUNDÍA CADA DÍA UN POCO MÁS sobre el hule de su silla de ruedas. Cada día iba un poco más despacio por el tránsito camino de la capilla. Cada día le llegaba con mayor dificultad el sonido de las cosas exteriores. Estaba absolutamente sorda. Y los achaques se multiplicaban y se sucedían de manera terca y alucinante. Sus noches resultaban noches de insomnio interminable, preciso. Con los ojos enormemente abiertos en la oscuridad. Le habría gustado levantarse un poco, moverse algo. Sabía que no podía ser, que, sin ayuda de alguien, no podía mover ni un solo músculo. Estaba clavada a una cruz invisible. Podría haber despertado a la enfermera para que aliviara un poco su soledad y su rigidez en la postura en que había caído al acostarse. Pero no lo hizo nunca. Prefería aguantar hasta que la luz de la mañana viniera a despertar a todos.
Libro del P. Eduardo T. Gil de Muro del cual se ha obtenido el texto de este artículo.
Miraba el calendario. Era diciembre de 1955 y hacía mucho frío en la ciudad y era espesa la niebla que subía del Ebro hasta los cristales de la ventana de su cuarto. Temblaba ante la idea de que se echaran encima las Navidades y se las amargara ella, con su enfermedad y muerte, a sus pobres hijas. Pero no pidió a nadie que se adelantara el momento de su encuentro con El. Ni a El siquiera se lo pidió. Había llegado Genoveva al más hermoso de los desprendimientos: al desprendimiento del amor por el amor. En los días de la novena de la Inmaculada, pareció que se aliviaba un poco. Hasta se levantó un par de horitas en la fiesta de la Virgen. Pero se trataba de oasis accidentales. Genoveva estaba mal. Muy mal. Los dolores de todo su cuerpo eran a ratos dolores insoportables. Y se ahogaba a veces. Y el pecho se llenaba de sangre como en los viejos días. Luego, para rematar el cuadro, la apoplejía del día 30 de diciembre de 1955. El año 1956 comenzaba con una cita inapelable para Genoveva: alguien la estaba llamando desde el cielo.
Había dicho sus últimas palabras: que fueran ángeles de unidad y de servicio a todas las almas. Solamente eso. Aunque siempre había alguien que le pedía que dijera más, otras muchas cosas. Genoveva sonreía desde su silencio interior. Y padecía que le fuera fallando cada vez más su pobre cabeza llena de ruidos en los oídos. Unos ruidos que le levantaban un dolor sutil al principio y mucho más intenso después hasta resultar intolerable. Echaba sus manos a la cabeza. Parecía que le iba a estallar. Y abría los ojos y la boca como si le estuviera faltando la luz y el aire.
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Cripta bajo el altar mayor de la Casa Generalicia donde, hasta la Beatificación, reposó el cuerpo de Santa Genoveva. Por aquí desfilaron miles de devotos.
De repente se le quedaron los ojos como muy abiertos y dulcemente fijos en el aire. Una luz, una extraña luz en ellos. La Madre General, a su lado, miró hacia donde miraba ella. No vio nada. Genoveva sí: Genoveva estaba viendo su propia visión, su espectáculo personal y distinto. Nadie supo cuál, que ella no estaba ya para decir esos misterios de su alma.
 
El día 4 de enero, por la mañana, agotadas sus fuerzas, entregado su último reducto, Genoveva entró en el sopor de la agonía. Se le decían jaculatorias al oído. Jaculatorias al Corazón Sagrado de Jesús. Genoveva ni asentía casi. Genoveva andaba por mundos interiores en que las jaculatorias eran ya sólo miradas. Y aguantó el día aún. Y aguantó la noche. Y la mañana. Y, a las seis menos diez de la tarde, mientras se repetían las letanías al Sagrado Corazón, Genoveva se fue suavemente, silenciosamente. Las Angélicas rezaban después las letanías de Nuestra Señora. Genoveva debió terminarlas en el cielo.
Y la ciudad se conmovió cuando a la ciudad le dieron la noticia. Conocía la ciudad a Genoveva. La había visto la ciudad, con sus muletas bajo los brazos tacataca, ir a las cosas de Dios por los caminos más trillados de los hombres. Había pasado mucha ciudad por la Hospedería de las Angélicas. Y hubo llanto y gozo al mismo tiempo. Y gentes emocionales que se acercaban a la carne muerta de Genoveva y tocaban a sus manos los pañuelos o los rosarios para reliquias. Y las Angélicas miraban la fecha del día y resultaba que era la fecha de la estrella que a unos Reyes había llevado hasta Belén. Y se dijeron a sí mismas muchas Angélicas que qué importaba ya: que a ellas, en el cielo de la Congregación, les habían colgado aquella mañana una estrella luminosa. Se llamaba Genoveva Torres Morales. y era cojita y hermosa y valenciana. Por la gracia de Dios.
Eduardo T. Gil de Muro
«Por duro que sea el trabajo»
 
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